NOSTALGIA Y CULTURA GASEOSA

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Si alguien merece la pena seguir en Facebook (sí, ahí sigo todavía), es a Fernando Broncano, el filósofo salmantino que no descansa en divulgar, traducir y comentar con su audiencia cualquier detalle que le llama la atención del mundo contemporáneo que nos toca habitar. Su cuenta es casi un servicio público para quien quiera tener encendidos los sentidos del momento.

Hace unos días compartió la traducción de un artículo publicado en The New York Times sobre las impresiones de un hombre de mediana edad, fruto de la cultura de los 80/90, respecto a la cultura de la generación Z. En él, el autor describe esa sensación que tenemos quienes ya alcanzamos esa edad en este mundo contemporáneo: todo es tan acelerado y disperso que resulta imposible estar al día de los códigos y nomenclaturas que describen sus estilos o modas. Por supuesto, cualquier Z los tiene más identificados, pero son tantos y tan diversos que casi ninguno se describe ya con un nombre que no sea compuesto.

También argumenta que, cuando él tenía la edad que tienen ahora los y las Z, la diversidad musical y estilística era más o menos reconocible, aunque fuera bifurcándose exponencialmente hasta los 2000. Fue entonces cuando internet y tecnologías como Napster hicieron que todos esos patrones reconocibles empezaran a resquebrajarse. Es decir, el autor todavía vivió un mundo de certezas donde podías esperarte la actitud de un Mod, una Rockabilly o alguien Punk; la energía y las greñas de un fan del Heavy metal y después del Nu metal; e incluso podías trazar sin mucho esfuerzo la llegada del Grunge, el Hardcore Melódico o el Emo, así como otra serie de ramificaciones. Todas estaban mediadas, claro que sí, y muchas de ellas incluso construidas por la industria musical, pero lograban sedimentarse y forjar identidades claras que nos definían al cruzar la calle tanto como nuestro color de pelo o de piel.

Insisto, fue a partir de la llegada del P2P cuando aquellas tribus empezaron a disgregarse y mezclarse hasta causar la extrañeza actual. Napster abrió de golpe todas las estanterías. Y, de pronto, tu amigo emo empezó a escuchar EDM, Techno o electrónica ambiental. Y así hasta nuestros días, cuando a aquel ex con el/la que salías en el instituto y con el/la que ibas a conciertos de hardcore-punk te lo/la encuentras veinte años después perreando sin límite.
Por tanto, a día de hoy, y tal como lo ve el autor y yo comparto, la generación Z es ya como un gas cuyas partículas se mueven libremente por el espacio, chocando unas con otras, compartiendo afinidades pero tomando después su propio camino. Estilos difíciles de reconocer, mezclas imposibles y caracteres e identidades políticas y vitales que hace solo unos años nos habrían parecido inverosímiles.

He de reconocer que a mí me fascina y que, en realidad, veo en este resultado una ruptura con las ataduras identitarias de las que he sido preso y de las que he intentado huir hasta hoy. No creo, sin embargo, que todo pueda explicarse diciendo que el autor del artículo y yo nos estamos haciendo viejos, que también. Es evidente que el fenómeno se torna extraño, poco familiar, ajeno de alguna manera a la cultura en la que hemos crecido. Una cultura con la que nos forjamos y que nos marca, huyamos hacia donde huyamos.

Reseño aquí este vídeo de la banda Sleep Token (Perdón por la calidad del directo, aquí se escucha mejor). Para mí refleja bastante bien un poco el espíritu de nuestro tiempo. A medio camino entre estética de vídeo juego, misterio y una mezcla de estilos que parecen imposibles de casar, pero que esta gente hace sin vergüenza alguna. Sin duda, bien masticados para su difusión en redes como TikTok, donde se hicieron famosos.

Estéticas liminales

En el libro de Valentina Tanni, Estéticas liminales, se recoge muy bien esa sensación de desasosiego y extrañeza contemporáneas que también invade a la generación Z, aunque parezca que no va con ellos la cosa y hayan decidido que todo combina con todo.

En las primeras páginas, Tanni se esmera en describir uno de los estilos más extraños aparecidos de la nada en internet: el vaporwave. En este primer capítulo indaga muy bien en el porqué de ese vapor que aparece constantemente en las imágenes de un estilo tan particular. De alguna manera, es la cobertura indefinida que envuelve un movimiento capaz de unir bustos grecorromanos en 3D con capturas de pantalla de nuestros primeros sistemas operativos, como Windows 95, y otros marcos estéticos similares. Lo mismo ocurre con la música, compuesta de remezclas y cacofonías ralentizadas que te atrapan en una atmósfera añeja y reconocible, confortable también, pero a la vez sospechosa de reproducir aquellos momentos en los que un Walkman se quedaba sin pilas. Nadie se lo esperaba, pero las recomendaciones pre-pandémicas de YouTube nos introdujeron en esta atmósfera sonora en la que yo mismo estuve horas y horas inmerso. Daniel Lopatin, con todos sus alter egos, también tuvo mucha culpa de ello.

Juro que he pasado horas escuchando las versiones extendidas 😉

Una realidad enrarecida que nos lleva inexplicablemente a compartir la nostalgia de una vida, o de un ideal de ella, en la que la existencia aún podía ser descodificada instantáneamente, tanto en internet como en la vida real. Incluso, como relata la autora, muchas de las personas que forman parte de estas subculturas ni siquiera han vivido aquellos símbolos que ahora rescatan en sus creaciones o expresiones visuales en internet. Sin embargo, me atrevería a intuir que esa sensación es compartida entre todas las generaciones, solo que cada una la expresa de manera diferente.

Flujo interrumpido

Recientemente, mientras evaluaba las opciones para presentar una idea a un gestor cultural, pensaba hasta qué punto mi capacidad creativa se estaba viendo mermada, o al menos limitada, debido no tanto a mi pérdida paulatina de conexiones neuronales, sino a esta dispersión contemporánea en la que vivimos y cuyas trazas intento reconocer aquí.

Soy consciente de que, para que la creatividad fluya, es bueno jugar con piezas o materiales limitados y un espacio de tiempo razonable. Porque, si no, se pasa ese estado que ahora llaman flow y luego las ideas se enquistan. Y, a no ser que seas muy tenaz, se esfuman. En otras ocasiones simplemente es repetición, algo que muchos artistas de todo tipo conocen bien: repetir una y otra vez la fórmula hasta que resulta reconocible y deseable, aunque a veces ese momento de reconocimiento no llegue jamás.

En ambas fórmulas, y en muchas otras relacionadas con el mundo artístico, aparece siempre la palabra “inspiración”, que en el fondo yo creo que tiene mucho de trabajo duro, pero también de imitación constante. Y es que así aprendemos a ser adultos y así nos bifurcamos de mayores, cogiendo de aquí y de allá y remezclando una y otra vez hasta que los resultados sorprenden por un “aura” nueva, pero de alguna manera identificable o reconocible, incluso en los momentos de ruptura. Y es ahí donde podríamos reconocernos todos, artistas o no: en unas identidades y acciones cotidianas basadas, consciente o inconscientemente, en otras que nos motivaron. Ya sea en lo musical, lo deportivo, lo sexual o lo político.

Sin embargo, cualquiera que esté inmerso/a y fascinado/a en ese vergel de creatividad que dicen ser las redes y los medios digitales contemporáneos, esto de los reels y el scroll infinito de TikTok, principales fuentes de información para mucha gente, se dará cuenta, si es capaz de detenerse a reflexionar, de que sus acciones empiezan a ser difusas y de que resulta difícil reconocer en ellas aquellas ganas de ser otro/a. Hay tanto donde podríamos enfocarnos y empezar que todo acaba más desenfocado que nunca. Menos reconocible que nunca y, por supuesto, más extraño que nunca: un #Weirdcore de manual (otro de los estilos recogidos por Tanni). Todo es como un gas liberado en la atmósfera, en el que resulta difícil conocer la posición de cualquiera de las partículas que se mueven dentro de esa amalgama sin límites reconocibles.

De esta manera, aquella fascinación que en diferentes momentos de mi vida tuve por la geometría del Melancolía de Durero, el disco de Xerrox V2 del artista Alva Noto, las cascadas de andamios de Olafour Eliasson o The Blur, del estudio de arquitectura, Diller y Scofidio + Renfro, que duraron épocas reconocibles de mi vida y se mantuvieron estables y presentes siempre en mi práctica creativa, continua. Sin embargo, con más acceso a la cultura de masas que nunca, me sería muy difícil reconocer nuevos inputs que me hayan marcado o fascinado tanto que se están sedimentando en puntos de inflexión reconocibles.

Insisto: puede que sea la mediana edad, un momento muy dado a querer recuperar por última vez aquello que dejaste atrás y por eso están así de llenos los gimnasios de CrossFit, pero estoy seguro de que también es un rasgo característico de nuestro tiempo. El amalgama es tal que puede que hayamos alcanzado un límite físico en nuestra capacidad para computarla. Y probablemente no sea casual que esos adolescentes, y no tan adolescentes, de los que habla Tanni, perdidos en la pospandemia y subiendo sus #CoreCore a TikTok (otro de los estilos recogidos en el libro), sientan un desasosiego similar. Uno de los grandes, de los abundantes y de los que parece difícil escapar una vez te has vuelto yonki de esos medios digitales de masas.

Un ritmo que, además, ya no parece impuesto directamente por humanos, sino ejecutado por máquinas, por algoritmos definidos en unos PDF semestrales donde se recogen las guidelines de las empresas. Un ecosistema en el que mucha gente ha conseguido entrar y desenvolverse, desde los primeros youtubers hasta los actuales influencers, que tienen su vida repartida entre Instagram y TikTok. Una vida trepidante entre notificaciones que aparecen bajo sus dedos, pero que en muchas ocasiones les impiden salir de esa misma habitación (Y a veces casi mejor que no salgan).

Y, según nos van llegando las imágenes, podríamos hacernos muchas preguntas. ¿Son realmente buenos los cuadros abstractos y extrañamente verticales, para que entren en los reels, que el artista buenorro y crossfitero muestra puntualmente cada semana, en un día y una hora determinados? ¿No te resulta extraño que, a pesar del talento de esa guitarrista que hace unos punteos metaleros increíblemente técnicos en vídeos de treinta segundos de TikTok, aparezca resaltado en su perfil el OnlyFans donde vende imágenes subidas de tono? ¿Acaso no es suficiente con ser la mejor guitarrista, una como pocas? ¿No te resulta extraño que tu personaje preferido del momento, increíblemente viral por sus vídeos de quince segundos, sea una mujer cantando canciones inventadas con un vocoder, como probablemente hayas hecho tú alguna noche de borrachera en un karaoke?

No es que nada de esto esté mal por sí mismo. Lo extraño es que el talento ya no parece suficiente: debe venir acompañado de un personaje, un cuerpo, una intimidad o una frecuencia de publicación capaces de alimentar la máquina.

No es difícil imaginar entonces de dónde podrían venir algunas de las parálisis creativas de muchos y muchas artistas, quienes incluso han estudiado los cánones que definían las carreras exitosas del pasado, en lo que es la pura historia del arte. Ante las expectativas de acceso y promoción prometidas por las redes, si no tienes un grandísimo talento para lidiar con ellas, al margen de tu calidad artística, resulta muy difícil competir en estas condiciones para mucha gente. Incluso lo que has aprendido y la práctica que has desarrollado durante años parecen no servir de nada ante los ritmos dictados por el algoritmo maquínico que todo lo media. Nada parece importar ya si no tiene el SEO adecuado, si no ataca al nicho-nichísimo del momento o si tu nombre no sale en las búsquedas que haces con ChatGPT. No es tu incapacidad: es la máquina la que elige qué quiere que vea la otra gente. A veces es espectacular; otras, da risa o simplemente resulta novedoso y ya está. No importa si ni siquiera tiene sentido, si se asocia a una tradición o si es directamente falso y ha sido generado por una inteligencia artificial.

Aparte de todo esto, hay algo más raro todavía: la dispersión y la explosión de toda esa mezcla infinita y monetizable acaba produciendo una atmósfera también homogénea, porque así lo exige el éxito en estas redes privadas. Todo parece nuevo, todo parece distinto y ese tema que te llama la atención no lo conocías, pero todo emplea el mismo método, las mismas técnicas de marketing y las mismas artimañas para retener tu atención. El bucle, aunque al principio parezca novedoso, al final siempre parece llevarnos al mismo sitio.

La metáfora del gas se me vuelve todavía más útil aquí. Sus partículas pueden moverse libremente pero siempre lo hacen bajo unas condiciones de presión, temperatura y volumen. En nuestro caso, las plataformas son el límite físico, el algoritmo determina la temperatura y la presión; y nosotros nos movemos y chocamos dentro, aparentemente libres, aunque las condiciones generales de nuestro movimiento estén decididas de antemano por una economía de plataforma.

En la contraportada del libro de Tanni se puede leer esto:

“Mientras hippies y punks se permitían imaginar la posibilidad de una vida distinta, estas estéticas juveniles emergentes parecen estar produciendo un nuevo surrealismo de masas digital, que expresa de forma colectiva la misma obsesión, la misma necesidad: perturbar una realidad de la que ya no hay escapatoria”.

Algo de todo eso hay


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