La belleza es su mecánica

En el Museo de Bellas artes de Oviedo hay varios espacios donde se exhibe la colección de arte contemporáneo asturiana. Se pueden ver entre ellos y ellas, obras de mediados del siglo pasado hasta hoy. La lista es larguísima y siempre tengo la sensación de que siendo una comunidad pequeña, ha habido siempre un nutrido grupo de hombres y mujeres que han podido dedicarse en parte a la creación, de una u otra forma, lo cual no es algo menor.

Lo cierto es que lo que he visto en esta colección y por lo poco que me he informado o llego a recordar, hay de todo. Piezas muy talentosas, que bien reflejan su tiempo y se han ganado su conservación y su etiqueta de “importantes” con creces. Otras no tanto y en mi opinión, ni siquiera contextualizando el momento en el que fueron creadas y que supongo que llegaron ahí por otros derroteros. No se me tome a mal, si ya creemos haber superado el aspecto técnico y formal de una obra de arte, urinarios mediante, esto ha sucedido también con los personajes que hay detrás. Mauricio Cattelan, el fantasma vivo de Duchamp nos lo refresca de vez en cuando. También es cierto que las piezas son también quién las defiende y quien crea el marco de referencia para que se defiendan por sí mismas. Aunque no siempre, porque también es habitual que las más impresionantes, cuenten con creadore/as discreto/as, que llegan ahí precisamente por su arduo trabajo y dedicación, a través de una larga carrera. Creo que son los menos, aunque tampoco pretendo idealizar, ni mucho menos es una opinión científica, como todo el post a continuación.

A resaltar que muchas de estas piezas que se ven habitualmente en el museo, son en formato pared y esculturas. Es raro ver una instalación o alguna otra presentación diferente, que no cumpla el canon ya clásico. Algo que no es ajeno al centro, puesto que recientemente se han hecho expos que si las han incluido. Desconozco si dentro de la colección existen piezas de este tipo, imagino que alguna habrá.

Me dio por pensar entonces, sobre que características tendría una o las colecciones del futuro, de este en concreto y muchos otros museos similares. Más allá de si tiene sentido seguir teniendo colecciones tal y como se entienden ahora (por lo ingente que intuyo que sería la tarea). Que sé que mucha gente me puede matar con solo plantearlo, pero es que han cambiado muchos las cosas, quizás más para un tipo concreto de arte o artistas. Por poner uno de los cientos de ejemplos que se podrían poner: Conservar arte actual y no tanto, implica adquirir protocolos, código, documentación, no solo objetos.

Soy consciente que mucha de la creación actual ya ha trascendido ese lugar de muestra y representación, también, que mucho/as artistas contemporaneo/as acaban regresando a esos formatos que en este tipo de lugares institucionales se exhiben por interés comercial.  En el fondo, es lo que menea, salvo casos excepcionales, las paupérrimas cuentas de lo/as artistas plástico/as que se muevan bien en ese canon, más allá de la financiación institucional. Esto implica otras estrategias más imbricadas, no siempre más puras.

Y claro, de está serie de relaciones, salen muchas preguntas que sin ser un estudiado del tema, me atrevo humildemente a preguntarme: ¿Evolucionará el centro las bellas artes para no acabar siendo de arqueología, o seguirá focalizado en este tipo de formatos y cánones clásicos que antes hemos comentado? ¿Cuál es el espacio donde entrarán otras manifestaciones artísticas relacionadas con técnicas más complejas de mantener y poco o nada manejables con la composición actual de la inmensa mayoría de museos españoles?.
¿Vamos a renunciar por sistema a un legado de artistas que han explorado otras vías, con más o menos acierto?. Hay que pensar que si bien el vídeo ya supuso un desafío para estas estructuras, ¿cómo puede ser que muchos años después, nos cueste ver apenas alguna obra donde algo se “mueva” o emita “lucecitas”?. Y no hablo ya de arte cinético, más relacionado quizás con la escultura y aún así perfectamente posible en estos espacios, sino de arte o compendio de ellos, que comienza torpemente con los albores de la llegada de la computación a nuestro país y sobrevuela ya más de un cuarto del nuevo siglo.

Es decir, una práctica relacionada con nuestro mundo actual, que ha trascendido las dos dimensiones y ya va por todas las que se te puedan ocurrir. Una creación que, obviamente, no tiene que ser necesariamente “bella” y que ha cuestionado sus márgenes, sus instituciones y sus mercados. ¿Tendrá que ser un centro con “características”, para acoger este tipo de prácticas, como podría ser LABoral? ¿Tiene sentido?.
Es una pregunta con muchos vectores abiertos, aunque quizás podamos asumir alguna certeza: Algunos nos sorprende cada vez que nos encontramos alguna reposición de este tipo en estas instituciones culturales.

Por otro lado, crear y desarrollar piezas al margen, situadas en una región como Asturias (o en cualquier otra en realidad, salvo excepciones como Catalunya) siempre ha sido un desafío. El salto regional a esa multidisciplina, anteriormente ensayada por muchos otro/as sin la infraestructura y el foco, quizás fue con el nacimiento de LABoral centro de arte y creación industrial. Muchos/a, a pesar de otras cuestiones razonablemente rechazables, entendimos que esa era una ventana valiosísima a un mundo nuevo, donde entraba y salía gente fascinante, sin la necesidad de validación de las estructuras clásicas del mundo del arte, quizás ya mal llamado “contemporáneo”. Y es cierto que nada lo acompañó, ni siquiera después las organizaciones políticas y administrativas que lo crearon, que apenas a día de hoy están volviendo a despertar. Tenían y tienen sus razones, muchas de ellas alimentadas por grandes prejuicios.

De este cambio de paradigma, que todavía y actualmente no siempre aceptado por generaciones de artistas anteriores, resuenan cientos de piezas que solo se han montado una vez, o como mucho varias y en ocasiones con más trascendencia europea e internacional que cualquier otra que se haya generado en esta tierra. La coexistencia de prácticas artísticas, fundida con la investigación y la experimentación industrial, más allá de la galería, no es un fenómeno nuevo, tiene solera ya.

Obra primigenia de Félix Luque, fue una de las primeras producidas por LABoral.

¿Qué fue de toda esa vasta cantidad de piezas y creaciones?. Muchas se quedaron obsoletas, su software no permitiría hoy mostrarlas y sus materiales o de que estaban compuestas, fueron directamente a la basura después de la exhibición. Otras, seguramente estén creadas con vídeos o código que las hace interactivas, puesto que funcionan en tiempo real. Sin embargo actualmente tienen un formato y una calidad audiovisual que harían reír a un adolescente. Otras cuantas probablemente se hayan perdido en algún disco duro. Habrá también piezas reseñables cuyo rescate sea probablemente difícil, que seguramente duerman el sueño de los justos en alguna húmeda cuadra propiedad de la familia del o la artista. Incluso habrá artistas que ya no lo son, pero no por ello dejó de ser relevante su obra. Bien porque nunca fue su intención serlo, o bien porque fueron fruto temporal de alguna de las muchas colaboraciones o sinergias que se provocaron en este centro. 

La conservación de este tipo de arte, requiere de conocimientos que superan ampliamente cualquier disciplina tradicionalmente artística y esto, lógicamente, no es algo que la beneficia, en cierto modo la condena a desaparecer. Artistas como Rafael Lozano Helmer o investigaciones como las recogidas en Conservación del arte electrónico ¿Y que se preservar y cómo preservarlo?, ya abordan estas problemáticas. Indisolubles de una buena estrategia, medios y un decidido interés por preservar este tipo de prácticas artísticas. 

Tiene sentido pues que una “Pinacoteca” (Redios qué palabra más fea), aloje obras más allá de los formatos o capacidades para el destino por el cual fueron creados sus espacios. Puede que no y que obviamente no llegue a abarcar el presente y futuro del arte que se diga contemporáneo, más allá del que podamos llamar ya clásico en su formato. Pero en cierta medida, considero esto injusto, puesto que ha habido y siempre habrá artistas, cuyas carambolas sean intrincadas e interesantes y sería injusto de alguna manera, tematizar su arte, como ya se hace en museos “contemporáneos”. ¿Acaso su mecánica no es bella?*

*Viejuno el final, lo sé 😉


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