Fabricar sin verlo

En los últimos años se ha vuelto habitual hablar del impacto de la tecnología en el trabajo, en la producción y en la vida cotidiana en términos de automatización, eficiencia o sustitución cognitiva (IA, trabajo, etc). Bajo esa superficie, hay un cambio profundo en cómo percibimos lo material, el esfuerzo y el tiempo. No tenemos sensores naturales, ni una visión a tan largo plazo o escala, con lo que la incertidumbre nos puede y el miedo nos lleva a hacernos preguntas. No tiene porque ser algo malo, pensar y especular no lo es.

Hace poco hemos tenido en el estudio una experiencia, quizás para alguno/as banal: Hemos tenido que cambiar las impresoras 3D por otras nuevas, ya que las actuales son mucho más eficientes, efectivas y derrochan mucho menos filamento y tiempo. La cuestión es que este tipo de impresoras modernas, en concreto las Bambulab, son capaces de producir piezas con una acabado que ya es casi industrial. Sin curva de aprendizaje, perfiles de uso y materiales optimizados y sobre todo un marketplace integrado que permite descargar cientos de miles de diseños para imprimir. Todo funciona desde que la abres. Es cómodo, simple y te lleva a no parar de imprimir y de implementar nuevos objetos que nunca habías pensado, porque no tenías la oportunidad.

Y de aquí nace mi inquietud, no porque sea negativo, en nuestro caso y para nuestro curro en Rotor Studio no lo es. Pero nos ha facilitado mucho tiempo y su eficacia es tan alta que borra ya totalmente las huellas del proceso. Y con ello, la conciencia sobre lo que realmente está ocurriendo, respecto al cuidado y el respeto que teníamos que tener con las anteriores, donde siempre había posibilidades de que toda la impresión fallase. A veces, daba igual el motivo, era una especie de lotería.

Se añade además, que todo ésta experiencia se me junta paralelamente con la radical experiencia de programar con IA’s, del estilo Codex o Cloude, donde como en el caso de la impresión 3D, todos los esfuerzos y programas de aprender a programar, han desaparecido. Sabemos programar o diseñar en 3D, conocemos las técnicas y los lenguajes, somos eficaces pidiendo que queremos hacer, pero la sensación es que esto sucede y es necesario “por el momento”. (Quizás haga otra reflexión más adelante, con ese caso más especifico porque la evolución está siendo una locura )


Del diseñar y hacer al simplemente, operar.

Durante años, la fabricación digital estuvo asociada a la cultura maker: experimentar, aprender, fallar, entender materiales, ajustar parámetros. Había fricción, y la fricción genera conocimiento. Hoy, muchas de esas capas han ido ocultandose, que no del todo, pero si se han atenuado cada vez más. No porque no sean necesarias en absoluto, sino porque están encapsuladas en software, perfiles cerrados y ecosistemas optimizados. El usuario/a deja de “diseñar” o “hacer” para pasar a “operar“. No diseña necesariamente si no quiere, no ajusta, no necesariamente investiga: selecciona, modifica parámetros, descarga, imprime. El objeto aparece. El gesto se parece cada vez más a un acto de consumo, aunque formalmente se presente como producción. En el caso de la Bambulab, es literal en muchos de los objetos que te puedes encontrar en su Makerplace, un lugar donde además también puedes hacer crecer tu capital simbólico compartiendo modelos con la comunidad. Da gusto sí, porque hay mucho de esa parte tediosa que te la quitas del medio, pero lo cierto es que da que pensar, por eso estamos aquí escribiendo esto.

Este desplazamiento no es exclusivo de la impresión 3D. Es el mismo patrón que hemos visto con la música, el vídeo, la escritura, la ilustración, la fotografía o los textos generados o corregidos con IA (Este mismo para la cuestión ortográfica). No se deja de producir; se produce más que nunca. Pero la cadena de valor se reconfigura: desaparecen intermediarios clásicos, se concentran plataformas, se estandarizan flujos, se crean mercados nuevos (generalmente cautivos, previo pago). Entra en juego la paradoja de Jevons: cuando algo se vuelve más eficiente, no se usa menos, sino más. La facilidad no reduce el consumo; lo multiplica. Lo que cambia no es la cantidad total de actividad, sino su distribución, su visibilidad y su coste simbólico.

Es muy alucinante la capacidad de automatización de los modelos ofrecidos. Tal es así, que algunos son modificables a través de la interfaz.

Aparente control local, pero menos soberanía material.

A primera vista, la sensación es de empoderamiento. Se decide qué objeto fabricar, cuándo, cómo adaptarlo y de aquí nada la idea de “Farm” (Granja) de… (lo que decidas fabricar y con las maquinas que tengas). Hay una autonomía real en el gesto inmediato. Pero a nivel macro ocurre lo contrario: la dependencia se desplaza hacía arriba. Fabricar en casa o en un pequeño negocio como el nuestro, no elimina la cadena de suministro global; la aumenta y la comprime, pero también la vuelve invisible. El PLA/PETG, etc sigue procediendo de monocultivos industriales, procesos químicos complejos, transporte internacional, energía, etc. La electrónica de la máquina depende de chips, fábricas y software con servidores centralizados. La diferencia fundamental es psicológica: ya no vemos apenas el camión con los productos, ni el almacén, ni al trabajador (últimamente con la recogida en puntos concretos, desaparece toda conversación con quien hace el esfuerzo de hacértelo llegar). Nos llega la materia en forma de bobinas, limpias, neutras, abstractas. La logística ocurre antes, lejos, fuera de nuestro campo visual y mental.

Así, una paradoja: aumenta la sensación de autonomía pero probablemente aumente nuestro coste real, porque imprimimos más. Se controla el último eslabón, pero no la cadena. Se imprime localmente, pero se depende globalmente. Antes, el acto de consumo tenía una unidad clara: la cosa que (creímos) necesaria. Ahora implica una combinación de material base, energía, tiempo tuyo y de máquina, compatibilidad de software, acceso a plataformas y mantenimiento de infraestructura. Como antes pero con la restricción de que eran otros sistemas los que definían que consumirías. El objeto o objetos impresos finales son una manifestación puntual de un sistema mucho más amplio, en el que independientemente de las modificaciones que puedas implementar, aportas el espacio, la maquinaria y el tiempo. Obviamente, aunque la innovación parece aumentar, no se frena para nada con esta aceleración del consumo maker: pocas impresoras o proyectos DIY pueden competir con eso, ni con su look & feel monetizable en cientos de reels.

Además, esto quizás incorpora una fragilidad nueva porque cuando falla una tienda en busca de un producto, se busca otra, u otro lugar donde haya stock. Cuando falla un ecosistema técnico y la dependencia es amplia, todo el sistema se detiene,. No hay impresión sin firmware, sin su nube, sin perfiles, sin energía, sin logística previa. La promesa de autonomía es aparentemente real porque aparentemente decides que imprimir, pero obviamente condicional. Y, sin embargo, esta fragilidad no se percibe como tal porque el sistema funciona demasiado bien. La interfaz es limpia. El resultado es inmediato. La complejidad queda escondida (Y la app te avisa cuando acaba la tarea)


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