COCERSE VIVOS

Tiempo de lectura: 5 minutos

Hace unos años, después de haber oído hablar de Kim Stanley Robinson, me animé a leer Marte rojo, el primer volumen de su trilogía sobre una hipotética y titánica terraformación de Marte. Reconozco que lo disfruté, pero no acabé el libro porque terminé un poco harto de su extremo nivel de detalle. K. S. R. no tiene prisa; yo sí. Así que aquello «quedó pa prau», como decimos en Asturias: algo que, al final, no queda en nada.

Fue Pablo de Soto quien, a partir de ahí, me recomendó su por entonces reciente novela: El ministerio del futuro. Reconozco que al principio la rechacé con bastante escepticismo, hasta que tiempo después decidí echar a un lado los prejuicios y ponerme con ella. Solo diré, para no hacer demasiado spoiler, que la lectura del primer capítulo es tan impactante que resulta imposible olvidar las escenas que recrea. Es algo que he comprobado con prácticamente todas las personas con las que he hablado y que también han leído la novela. El motivo: sus personajes, literalmente, se cuecen vivos durante un episodio de calor extremo. El capítulo recrea una ola de calor catastrófica en la India y sirve como detonante de toda la novela.
Aun así, no os asustéis. El libro es crudo, pero también luminoso, realista y, finalmente, optimista. Te deja con la idea de que casi todo lo que nos propongamos es razonablemente posible, pero exige un esfuerzo colectivo de una escala tremendamente planetaria.

Por eso, y por otras lecturas, produce bastante vértigo observar cómo algunos de los escenarios que la ciencia climática llevaba años anticipando van tomando forma cada vez con mayor rapidez. Más aún cuando sus efectos se sufren especialmente en un país que durante décadas se ha considerado climáticamente templado. No es difícil imaginar que, en muchas partes de la península, quienes no disponen de la salud, la vivienda o los recursos necesarios para mantenerse frescos deben de estar pasándolo realmente mal. Hace un calor literalmente insoportable, incluso en el norte por momentos.



Paralelamente, hace unos días, en medio de cierta ansiedad climática y con unos 32 grados a la sombra, leí en la red social X a alguien comparar los datos de mortalidad atribuible al calor con las muertes causadas por la COVID-19. ¿Qué hay de potable en esa comparación?

Es evidente que nuestra percepción social cambia ante cada amenaza, pero el problema de estas temperaturas es también muy grave. El calor es una criatura monstruosa que puede incluso darnos gustito mientras, poco a poco, comienza a hacernos daño. La pandemia, en cambio, era y es una amenaza de algún modo más legible: le pusimos un nombre y creamos curvas, recuentos diarios y una serie de medidas concretas con las que intentar protegernos. Mantuvimos la «distancia social», utilizamos mascarillas, ventilamos, nos aislamos y también llegamos a vacunarnos.

El aumento de las temperaturas a escala planetaria es algo que se nos va de madre. Resulta difícil llegar a la conclusión de que podamos hacer algo individualmente, más allá de buscar cuanto antes un lugar con aire acondicionado, si tenemos acceso a él. El calentamiento global, la pobreza energética y el diseño de unas ciudades que acumulan calor son problemas necesariamente colectivos.

Si nos metemos en harina y hacemos un cálculo de servilleta con los datos disponibles, lo primero que debemos aclarar es que las muertes atribuibles al calor no son un recuento de certificados médicos en los que aparezca literalmente el calor como causa. Son estimaciones epidemiológicas del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), desarrollado por el Instituto de Salud Carlos III. El modelo calcula la diferencia entre las defunciones esperadas teniendo en cuenta el efecto de la temperatura y las que se esperarían sin ese efecto. Los datos se actualizan diariamente y pueden cambiar retroactivamente, especialmente en las fechas más recientes. Sin embargo los datos de la COVID-19 disponibles en el INE se basan en las causas reflejadas en los certificados médicos de defunción. Para 2020, el organismo diferencia entre casos con el virus identificado y casos sospechosos, compatibles con la enfermedad pero sin confirmación diagnóstica.

Para establecer un periodo comparable con estas semanas, podemos tomar los 45 días comprendidos entre el 1 de junio y el 15 de julio. Durante ese periodo de 2026, el sistema oficial MoMo estima cerca de 2.200 muertes atribuibles al exceso de temperatura en España. Conviene fechar siempre la consulta, porque la cifra puede revisarse.
En esas mismas fechas de 2020, primer año de la pandemia, el INE registró 914 defunciones por COVID-19: 663 con el virus identificado y 251 consideradas sospechosas.

¿Cuál es el matiz? La COVID-19, como cualquier epidemia, evoluciona mediante oleadas. Durante junio y la primera mitad de julio de 2020, la mortalidad ya había descendido considerablemente desde los grandes picos de marzo y abril, cuando fallecieron miles de personas. Por tanto, no estamos comparando el calor actual con los peores momentos de la pandemia.

Aun así, la dimensión resulta clara si nos ceñimos al mismo periodo del año: en apenas mes y medio, al calor de 2026 se le atribuyen más del doble de muertes que las registradas por COVID-19 durante las mismas fechas del primer verano de la pandemia. ¿Es útil esta comparación? No lo sé, pero sí nos permite sospechar que lo que está ocurriendo no es precisamente menor. Tenemos, además, unas tragaderas considerables. Basta revisar las cifras de siniestros de tráfico para comprobar lo amplio que puede llegar a ser el margen de sufrimiento que estamos dispuestos a aceptar como sociedad. Toleramos mejor aquellas muertes que se producen de manera dispersa, cotidiana y sin un algo colectivo que las convierta en noticia.

Es inevitable además, que surjan también preguntas sobre qué podemos hacer y cómo podemos buscar salidas justas a esta situación que aumenta la presión sobre nuestra sociedad. Escribí sobre ello un buen párrafo pero poco después escuche esta entrevista de Jaime Palomera a Rubén Martínez y me parece un gran documento que hay que leer. Por tanto lo borré: que mejor que ellos para explicar cómo estamos y cómo deberíamos afrontar este reto.

Para acabar esta pequeña reseña, me gustaría resaltar dos fuentes que también le dan vueltas al asunto del calor desde diversas perspectivas culturales, digitales y sobre todo la segunda, urbanas. Por un lado, el libro Imágenes Calientes, de Hito Steyerl y editado por Caja Negra,  es una magnífica colección de artículos sobre el “calor” de las imágenes en tiempos de los data centers de la IA calentando todavía más el planeta. Que buena además la coincidencia entre los algoritmos que describen la física de una llama y los de difusión que se usan para la generación de imágenes. De ahí el nombre de la conocida plataforma para generar imágenes, llamada Stable Difussion.

Tampoco dejéis de escuchar el podcast Amiga date cuenta y su capítulo llamado Estéticas del calor. No solo por su contenido, que siempre es interesante y sus conversaciones son inteligentes, si no por la entrevista que hacen a Tomás Criado, antropólogo e investigador del Departamento de Umbrologia de Barcelona (Algo así como el departamento de sombras). Una institución especulativa creada para un proyecto temporal que me parece absolutamente fascinante. Aquí os dejo también el vídeo del programa. 

Nada más y nada menos. Me preguntaba: ¿Debería de convertir esta serie de reseñas en una newsletter quincenal? ¿Sería interesante entre tal mar de información? Igualmente siempre las podéis leer aquí, que es vuestra casa y no hace falta registrarse y ni pasar por ninguna plataforma.


Comments

2 responses to “COCERSE VIVOS”

  1. edu

    haz un podcast 😉

    1. Se debería, sí 😉

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *